MITOS
Por MANUEL MATARRITA
Los tiempos cambian. Aunque la frase suena trillada, es indiscutible que nuestra realidad cambia aceleradamente. Los recursos tecnológicos con que contamos hoy día, por poner un ejemplo, eran casi inimaginables hace apenas veinticinco años. Prueba de ello es que estas líneas, que usted está leyendo en la pantalla de su computador, pueden ser accedidas simultáneamente por una infinidad de personas a lo ancho y largo del planeta, algo que hace un par de décadas era poco viable.
Con el tiempo ha cambiado también la manera de ver las cosas, y el arte ha tenido parte, desde luego, en esa transformación. La rapidez con que podemos, en la actualidad, estar al tanto de lo que sucede en el mundo, aunado a la infinidad de recursos audiovisuales al alcance de un teclado y una pantalla, nos permite alcanzar una idea más amplia de la realidad contemporánea -e incluso de la realidad histórica- y alejarnos cada vez más de ideas preconcebidas, al tener un panorama más comprensivo del cosmos.
Y es por esto que me llama la atención algunos tabúes o mitos que han prevalecido en nuestro ambiente musical, tanto dentro como fuera de la academia. Quizás han sido el resultado de las experiencias de vida de otros, pero que podrían no ser igualmente válidas para las nuevas generaciones. Uno de ellos, por poner un ejemplo, afirma que para poder entender y ejecutar la música europea "como debe de ser" hay que haber estudiado en Europa, o cuando menos, visitado el viejo continente. Aunque no dudo que sea una experiencia sumamente enriquecedora, no considero tampoco que sea fundamental ni indispensable, sobre todo en nuestros tiempos. (Hay condiciones, afinidades, que se simplemente se traen o no. Por eso, a pesar de que viví casi seis años en la encantadora ciudad de New Orleans, nunca aprendí a tocar jazz; simplemente no es lo mío.)
Podríamos seguir haciendo una buena lista de estas ideas preconcebidas: las que creen que una determinada escuela técnica (llámese alemana, rusa, francesa...) es la única correcta; las que afirman que "matar chivos" es denigrante para un músico académico; aquellas que insisten en consagrar intérpretes y compositores, otorgándoles epígrafes que, aunque quizás bien merecidos, obstaculizan la aparición de nuevos valores... El peligro yace en que cuando mitos como éstos se convierten en dogmas, la actividad artística se transforma en una especie de religión, y por ende en un factor fanatizante. No estoy abogando por estimular una anarquía a causa de defender la libertad artística. Hay un bagaje que debe adquirirse, así como debe aprenderse una técnica para poder tocar un instrumento, porque un producto artístico que no contemple un proceso racional está incompleto. Sin embargo, pienso que si actitudes como las mencionadas impiden que dos colegas puedan trabajar juntos, o no permiten que se brinde igualdad de oportunidades a quienes trabajan por y para la cultura, o provocan que se acrecienten las rencillas que han divido por muchos años las instituciones de formación musical, son señales de que no andamos por el mejor camino.
No hay verdades absolutas, al menos no para todos. Lo que concibo como absoluto en mi visión de mundo, funciona para mí y se apega a mis convicciones, pero soy consciente de que no es necesariamente la realidad personal de los demás. Por eso creo que, en la actividad artística, la imposición de ideas, personas, espacios y conceptos, nos puede llevar a fomentar una dictadura cultural que favorece y enriquece el espíritu de muy pocos. El espíritu libre que debe caracterizar a la creatividad y a la expresión artística no puede coexistir con el egoísmo.
Los tiempos cambian. Ojalá que el proceso de cambio, con el paso del tiempo, nos permita a todos por igual tener una clara perspectiva sobre lo que arte musical puede y debe ofrecer: entre otras cosas, oportunidad, diversidad, libertad, crecimiento y trascendencia.